¿Ser caótico o poético? – Eleonora Finkelstein

Ya que no le dieron el Nobel de literatura a Borges, no seguiremos cometiendo el mismo error, por eso entregamos el Premio Nobel Alternativo a la poeta argentina Eleonora Finkelstein. Con la naturalidad de un sátiro, la risa de trueno de Patti Smith o la elocuencia de l@s poetas beats ella se confronta con los excesos de la poesía, los disfraces y los artificios. En Poesíasinvergüenza, Diego Rivera desde Vallenar nos confidencia que es un universitario aburrido que escribe por hastío. Y en la Bitácora Ruculista revelamos nuestra inclinación al caos: ¿será que lo dionisiaco desata la creatividad y lo apolíneo inhibe la escritura? Un bacanal nos da la respuesta.

Poesíasinvergüenza

Soy otro tipo de poeta ruculista, menos fino aunque igual de sensible.

Dispongo de olvidos que se hacen dolor, anestesiados por una luna hipocondriaca que me obliga a escribir en prosa —¡QUÉ LA TRISTEZA VIENE EN VERSO!— grita antes de irse.

Soy de los que resiste leyendo a Bukowski, quien apalea los detalles con detalles aun más delicados, como si nos dijese a escondidas que no existe nadie más frágil que él.

E intento copiar su vida, a sabiendas que me faltarían dos hígados; pero luego me avergüenzo de su ser, arrojando esta caja de rimas que mal llaman corazón, a alguna parte de mi amada, que nunca sabrá de mi amor. 

Soy otro tipo de poeta ruculista, pues la lentitud no está para mi servidumbre, menos si soy fugaz cual poesía de bolsillo. Es el grito quien encuentra el momento perfecto, siempre y cuando sea cauteloso y no utilice signos de exclamación (¡) que se hastían en la finitud de una letra malsonante.

Mi vida dispone de la levedad de un retorno, esperando volver a mis quince y cometer el mismo error. Aquel que me convirtió en poeta ruculista; aquel que me asfixió sin tocar el cielo, meciéndome en la brisa de unos besos que olvidé; de una chica que no recuerdo; de una remembranza ya podrida. 

Mi ruculismo lo considero infiel: se abalanzó al infinito de la lengua, renegando el empirismo de mis pies, convenciéndome, a duras penas, que la vida es más bonita en la literatura. Entonces, me volví escéptico al santo manifiesto y a su versículo número nueve, conspirando que la adolescencia de Pomponio Gaurico fue una mentira creada por su poesía; una garrafal falacia impulsada por las ansias de vivir como en su lírica o acaso ser inmutable como una escultura de bronce que no palidece frente al sol. 

 Mi ruculismo, que se enraíza en mi pluma, es legible si lo lees en silencio, y mucho más ameno si no entiendes una mierda. Acomódate en la miseria de Dios y llega, con mis palabras, a la verdad que quieras comprender; a la que puedas aguantar, pues la realidad resulta ser un hormigueo que no se abre a nuevas ideas, pero que siempre cae en la explicación de los olvidados. De esta forma me contagio con el desequilibrio epistemológico, rechazando las mil nociones que nos dictan que el paraíso queda arriba… porque siempre es más difícil subir que caer, aunque creamos que en el apocalipsis nos crecerán alas. 

Me alimento de mis vicios, que me escriben para que yo los lea. Van dos mil páginas en blanco que se rellenan lentamente con garabatos infundados, originando una antología ruculista rica en agravios, pero empobrecida de cariño. Por ejemplo, mi cuaderno nunca ha sido acariciado por la mente de un extraño, siendo confidencias que se independizan en su tristeza misma.

Sigo un principio primordial: el movimiento de la pluma, el movimiento de las ideas, el movimiento de mis ojos captando los fotogramas que se convierten en pasado. Lo hago porque en el cielo llueve, no gotas sino cielo, a veces azulado otras veces gris. Y llueve porque finjo que no me estoy empapando de nubes, y me empapo de nubes porque al huir dejo atrás el presente, en donde me veo fumando hojas de rúcula, anhelando dejar el Da-Sein que coquetea con mi tiempo, pero siempre es tarde como para ejercer la última calada. La pluma siempre termina de escribir. 

Diego Rivera – Chile

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