Daniel Calabrese

Dolores 1962

Poeta y editor argentino residente en Chile, fundador de RIL Editores. Autor de ocho poemarios, entre los cuales Oxidario (premio del Fondo Nacional de las Artes en Buenos Aires) y Ruta Dos, publicado en Visor de Madrid con prólogo de Raúl Zurita. Obtuvo el Premio Revista de Libros en Chile. Sus libros de poesía se han publicado en más de diez países y parte de su obra está traducida al italiano, inglés, francés, portugués, búlgaro, chino y japonés. Es fundador y director de Ærea. Revista Hispanoamericana de Poesía.

Río de cuchillos

a Raúl Zurita

Te voy a contar un secreto, amigo mío:
hace muchos años, en los años del óxido
y de los colores del óxido,
me enseñaron a odiar tus países.
O me pareció.
Yo no sabía qué clase de amor era el odio.
La herrumbre del puerto cegaba tus ojos,
ahí donde se enredan los ríos chilenos
con los barcos sudamericanos.
Los milicos argentinos traían
cuchillos muertos, de esos que nadan
en el plasma oscuro de las arterias
como peces desafilados.

El que no corre es un río,
pensé que decían en las llanuras tediosas.
O me pareció.
Y me molían a patadas por culpa de tus países.
Sentí asco, te digo, alguna especie de asco.
Vos escribías como los ríos
que bajan de la cordillera a los saltos
y se llevan de a poco el color de los cerros.
Los milicos chilenos venían
con sobredosis de una tierra confusa
porque esas montañas se mueven, amigo,
y la gente presiente que moverse
es una tradición del agua.
Entonces los ríos, el idioma
de la tierra cuando le habla al mar,
empezaron a correr por nuestras venas.
Eran ríos circulares y rojos
como las fronteras de dos países
que giran y se friccionan,
heridas con la forma de Chile,
manchas de humedad que parecen islas
en un mapa argentino.
Corrían y corrían los sedimentos
de aquella memoria que arde
y nos quema la piel
cuando adoptamos la forma de los poderosos.
Solamente esos ríos pueden correr
sin que los persiga una milicia de sombras
y muchos animales creen que son demonios,
ellos también tienen la costumbre
de pisarte los talones.
Te digo que nadie nos quería
y el desamor, amigo mío,
hace desaguar a los ríos en cualquier parte.
Ojalá nos persiguieran sombras o animales
antes que esos demonios.
En los torrentes de la sangre
nadie se atreve a nadar
por miedo a la mordedura de un pez oxidado
o que te rocen esos cuchillos,
pero no falta el que cierra los ojos y se mete,
y los demás repiten, repiten.
Hasta puede resultarles dulce,
fácil de flotar, gelatinoso,
tibio como los perros amarillos de la calle
que siempre miran hacia atrás
a ver si los persigue un país de milicos.
O dos.
Vamos, que si te odian los odiados
no es amor, es matemática.
Y rezamos para que no se repita.
Los milicos me enseñaron a odiar tus países.
Por suerte no aprendí.
Aunque me persiguieron, no aprendí.
Y eso que muy pocas veces tuve suerte rezando.

El regresador

Aquello que terminó
está sucediendo todavía.
Aquel amor que fue, regresa.
Porque todo lo que lleva sangre o música
tarde o temprano se reanuda.
Pero cuidado.
Mi carne te conoce,
mis dedos caminaron ya cien veces
en la luz dormida de tu cuerpo.
Y no es agua la sed.
No basta clavar un puñal en el cielo
para desatar una tormenta.

The Returner

What’s ended
is still happening.
The love that was returns.
Since everything that holds blood or music
restarts sooner or later.
But beware.
My flesh knows you,
my fingers have already walked down
the sleeping light of your body a hundred times.
And thirst isn’t water.
It’s not enough to stab the sky with a dagger
to let loose a storm.

Traducción al inglés por
Katherine M. Hedeen